Escondido en el denso bosque de la Serra de Sintra, el Convento dos Capuchos es uno de los lugares más extraordinarios —e inesperados— de toda Sintra. Donde Pena deslumbra y Monserrate encanta, los Capuchos desarman: un pequeño convento franciscano construido tan pegado al suelo y tan incrustado en los bloques de granito que parece más nacido de la ladera que construido.
Fundado en 1560 por Álvaro de Castro —cumpliendo un voto de su padre, el virrey João de Castro—, el convento acogió a frailes franciscanos que renunciaron por completo a las comodidades terrenales. Dormían en el suelo de nueve celdas diminutas, con puertas tan bajas que hay que agacharse para pasar, revestidas y aisladas con corcho arrancado del bosque circundante. Ese corcho le dio al lugar su apodo perdurable: el Convento de Corcho.
Durante más de dos siglos, desde el XVI hasta finales del XVIII, los frailes vivieron aquí en silencio y abnegación: un huerto para la comida, un pasillo de celdas para la meditación, un vestíbulo grutesco y un herbario, el Herbolarium, donde se preparaban plantas aromáticas. Cuando Portugal disolvió sus órdenes religiosas, el convento fue abandonado al bosque, que lo ha ido reclamando silenciosamente desde entonces.
Hoy el Convento dos Capuchos forma parte del Paisaje Cultural de Sintra, inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1995. Es un lugar para ir más despacio: agacharse bajo las puertas de corcho, seguir el recorrido diario de los frailes desde el claustro al refectorio y a la celda, y sentir —más que en cualquier palacio de Sintra— lo que significaba vivir con casi nada.